Tres adultos, dos niños y tres gatos

Cuando conocí mi nueva casa y mi nueva familia en persona, no pude evitar sentir sólo ganas de llorar. Y tan pronto vi que habían organizado para mí en mi mesita de noche una canasta con productos y souvenirs de la ciudad junto a una caja de pañuelos Kleenex, sólo pude pensar: “Muy bien, porque los voy a necesitar”. Fue un primer fin de semana difícil porque sentí como si me hubiera lanzado a un abismo (spoiler alert:: descubrí que en el fondo se esconden cosas increíbles). Conocí en esos días un parque de niños terrorífico de los 70’ llamado Enchanted Forest, visité amigos de la familia y me preparé para la nueva rutina.
Desde que llegué a Portland supe que tenía la opción de vivir esta nueva vida de dos maneras: acomodándome justo a lo que se me ofrecía, entendiendo que nada es mío, que el cambio y las despedidas son inevitables o construyendo, aunque temporal, un espacio que se siente mío, que es un hogar. Elegí hacerlo de las dos maneras.
Empecé entonces por pegar en las paredes de mi cuarto las fotos de mi familia que traje impresas desde Colombia, en la ventana coloqué una planta con flores rosadas y de a poco, el espacio se parecía más a mí: rojo, amarillo, blanco y un poco desordenado.
Mi ‘necesidad’ de mantener todo perfecto salió a relucir los primeros días pues me tomé la libertad, como si fuera mi casa (no, no, no) de organizar cajones, tratar de encontrarle el puesto a las cosas que veía por ahí y de limpiar, como si fuera yo una especie de hada madrina del orden.
Después experimenté una etapa de frustración al darme cuenta de que las cosas no se quedaban en su sitio, los niños hacían desastre sí o sí y los gatos no iban a dejar de orinar las cosas. En fin, no pude controlar un espacio que no es mío, hay que adaptarse. Tres adultos, dos niños, cinco personalidades diferentes, tres gatos…
Y a pesar de todo, mi host family me ha acogido como una tercera hija y así me llaman cuando estamos bromeando.
Y sin bromear, también me han llevado más allá: San Francisco, The Russian River, The Cliff House, California Academy of Sciences; NYC VIP, comida francesa cruda, el mejor atardecer de la vida, las mejores papas fritas en Central Park, mi sueño hecho realidad por segunda vez; Ixtapa-Guerrero sin límites y sin tortugas marinas pero con los Óscar, chips (o sips, como dice Antonia), un océano mágico que asusta… mejor dicho.
Pero aunque valoro las cosas materiales y experiencias con todo el corazón, son los detalles cotidianos lo que más recuerdo: permitirme ser estricta con los niños, SIEMPRE preguntar y tomar en cuenta mi opinión, preocuparse por mi estado de ánimo y salud física/mental, compartir un poco de su vida personal-trabajo conmigo, contarme las historias graciosas y secretas de su familia, apoyarme, escucharme y dejarme ser.

Estar aquí me ha demostrado una vez más que todas las relaciones requieren trabajo, esfuerzo y amor.

He tenido semanas y días difíciles porque al final, vivir con una familia desconocida tiene una pizca de dificultad. He limpiado mucha caquita -como me gusta llamarla-, me he frustrado con las pataletas sin sentido o non sense BS como le dicen aquí, me he sentido muy ansiosa por el futuro (y el pasado, a veces): “haz esto, busca esto, lee esto, quédate allá, estudia, ahorra...”, pero, al fin y al cabo, de arrepentimiento no conozco nada.

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