Portland y el COVID-19

No recuerdo muy bien cuándo fue que todo cambió. O más bien, que todo se mostró como el mundo ya lo estaba viviendo. Un día estaba caminando en la nieve y al siguiente ya no debíamos salir…
Aunque Oregon no ha sido ‘extremo’ en cuanto a sus medidas de aislamiento, rápidamente se cerraron gimnasios, restaurantes, centros comerciales y de a poco, la ciudad que nunca he visto completamente llena, estaba desierta. El siguiente fin de semana, después de ser declarada la cuarentena, decidí agarrar mi bicicleta y dirigirme a un lugar que se llama South Waterfront Park. Por esta época (primavera), es común ver en el camino al lado del río Willamette algunos cerezos y me sorprendí por dos cosas: su belleza y la cantidad de personas que se encontraban juntas, como si nada pasara. Sí, yo también me encontraba afuera, pero…
Debí quedarme viendo a los gansos volar y nadar al menos una hora y como estaba soleado, no tenía ningún apuro. Agarré mi bicicleta y me dirigí a la plaza principal Pioneer Square: todo cerrado, vacío y brillante por el sol. Las únicas personas que vi por ahí fueron habitantes de calle y algunos se enfrentaban a otros con palabras, sólo una calle los separaba.

La semana siguiente fui al supermercado porque quería comprar una planta, Hawaiian Rolls, un organizador para el baño y todavía, todo lucía más o menos normal; las personas no utilizaban máscaras para cubrirse y no se tenía miedo de ir de compras. Después me fui acostumbrando a la idea de que no vería a mis amigos por un algo tiempo pero que aun así era muy afortunada porque tenemos la alacena llena, una casa grande y la posibilidad de salir a caminar todos los días si así lo queremos.

En estos tiempos -y casi siempre- es un arma de doble filo compartir lo que sentimos o nuestras experiencias personales porque siempre existe alguien que la pasa peor, alguien que minimiza cómo nos sentimos o simplemente piensa que es algo tonto. Pero es necesario contarlo.

Es más, no he contado qué hago aquí y para continuar lo voy a hacer ahora: soy Au Pair y el significado según Wikipedia es: un/una ayudante de un país extranjero trabajando para y viviendo como parte de una familia anfitriona. Soy responsable de dos niños hermosos, Antonia y Thaddeus de tres años.

Ahora, siento que la nueva realidad me abofeteó uno de esos días de trabajo cuando decidí llevar a mis niños a una caminata por el vecindario. Las calles, sin tener muchas atracciones comunes para los niños, permite descubrir cosas nuevas casi todos los días: flores de colores, aves, edificios o casas bonitas. Tenemos una casa esquinera cercana que parece una mini granja, pues tiene algunos cultivos y cinco gallinas. Ese día decidimos ir a verlas y justo delante de nosotros se encontraba una mamá con su bebé visitándolas también. Tan pronto notó nuestra presencia, sentí que se espantó un poco. En tiempos de virus nadie se acercaría mucho a los demás, es obvio, pero los niños no conocen mucho acerca de lo que está pasando. Yo sólo escuché que la mamá dijo: “Vamos, dejémosles un turno”. Y aunque no detecté ningún tipo de maldad en su frase, me hizo entender que, de ahora en adelante, a nuestro vecino desconocido no lo podremos ver y tampoco nos verá de la misma manera.

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