La casa de los abuelos

*Los diferentes recuerdos me atrapan a cualquier hora del día y aunque están enlazados por el lugar, no logro conectarlos entre sí. Compartiré más cuando vuelvan a mí. Esta será más especial.

Mis abuelos llegaron a su casa hace más de treinta años y ahora que lo pienso, no tengo ni idea cómo. Al principio tenían vacas y un terreno grandísimo, pero con el pasar del tiempo y la mala administración del dinero, el espacio se redujo. Era de esperar que, como no son propietarios ‘legítimos’, en algún momento el terreno pasaría a ser de alguien más. Cuando me enteré hace algunas semanas de que ese día podría llegar pronto, no pude contener mi tristeza y mientras hablaba con mi mamá por teléfono, una ola de recuerdos llegó a mí. ¿Cómo olvidar las veces en que Simón y yo veíamos La Bella y La Bestia cuando mis tíos la alquilaban de Blockbuster? o ¿cómo olvidar esas tardes de viernes y sábados en donde fuera de mi cuarto las personas decidían despedir la semana con una(s) cervezas y un ‘chico’ de cartas o billar mientras yo, en el cuarto de mi hermano, jugaba Need For Speed: Most Wanted en el computador? ¿cómo puedo olvidar o evitar mis sentimientos? No será posible jamás.

Algunos otros recuerdos:
Cerca de la casa de los abuelos se construyó, hace algunos años, un parque con estructuras para aquellos muchachos que montaban su patineta, a los que yo llamaba skaters. En esa época que debió ser 2013 mis papás no me permitían salir mucho; es más, no podía salir sola, casi nunca. A veces, durante la hora del almuerzo en el restaurante de la abuela se debían completar algunos domicilios y aunque fuera algo rápido, salir un poco me hacía sentir ‘grande’.

Un día, al parecer domingo, un grupo de jóvenes llegó a la casa pues aparte del restaurante, mis papás tenían un bar en donde adicional a la cerveza, se exhibían gaseosas, aguas y otros ‘snacks’. Como ese día normalmente no se trabajaba, mi papá decidió abrir y permitirles disfrutar sus productos dentro del establecimiento. Me llevé una sorpresa porque en ese grupo se encontraba un muchacho que hace algunos años estudió en el mismo colegio que yo, además de que fui rechazada y después pretendida por él. Me avergoncé tanto, decidí esconderme bajo el mesón de la cocina y sólo salí cuando se habían ido… La pena realmente la sentí no por lo que significara esa persona sino porque temía que viera el lugar en el que vivía (muy tonto, ahora que lo recuerdo).

La segunda vez que alguien visitó nuestra casa fue por motivos de estudio. Debíamos realizar un trabajo en grupo y decidimos hacerlo allí. Viajamos desde el colegio en bus y cuando les mostré la casa, pensaron que sólo era un chiste pues su estructura y fachada humilde no encajaba con nada de lo que se encontraba alrededor, como si la hubieran puesto en el terreno con unas pinzas gigantes.

En 2013 más o menos tenía un amigo que se llamaba Sebastián y fui muy cruel con él.
Ese día era viernes y todas las tardes, mi mamá y yo debíamos cruzar el puente y caminar unas calles para esperar a Simón y Samuel de la ruta. Sebastián decidió visitarme y lo esperamos allí. Cuando llevaba a alguien a la casa de los abuelos sentía mucha pena y tenía miedo de ser juzgada, pero él fue la persona más tranquila del mundo. En la casa todo estaba junto: el restaurante, a un lado el bar, el salón, un pasillo que lleva hacia la casa prefabricada, la nevera gigante del mercado, más mesas y sillas para los clientes, el cuarto de mi hermano, otra cocina, billares, patio y el cuarto de mis papás, como si todo se hubiera construido de a pedacitos. Fuimos a la nevera verde, elegimos algunos ingredientes para las ‘onces’ como le llamamos en Colombia y comimos en la cocina; galletas, tostadas integrales y chocolate caliente mientras observábamos el panorama del negocio: clientes universitarios, trabajadores que por el día habían terminado su turno, vecinos de los conjuntos cercanos. Al terminar, Sebastián y yo fuimos al cuarto de mis papás que en ese caso era como el cuarto principal y allí teníamos televisión. Vimos Monsters University. Después se fue para su casa y no recuerdo qué más pasó… pero dos años después, mi crueldad se hizo más evidente para mí cuando leí mensajes viejos, me sentí terrible. Era demasiado tarde, Sebastián se había ido del colegio y no sabía para dónde, no tenía idea. Decidí contactar a uno de sus amigos para preguntar por él, recibí muy poca información. Sólo pude enviarle un mensaje vía Live o una aplicación de mensajes parecida: fue muy cortante y poco expresivo. ¡Pues claro, me lo merecía! Me disculpé y nunca supe nada mas de él...

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