Entre montañas y luces

El tercer día fue el más raro de todos. Nos despertamos en Moab, desayunamos y volvimos a la carretera. En nuestro plan teníamos visitar Glen Canyon y Horseshoe Bend. Me equivoqué yo con la segunda porque pensé que estaban cerca la una de la otra, pero no, una está en Utah y la otra en Arizona. Viajamos entonces por algunas horas y sólo pudimos ver por algunos minutos una parte de Glen Canyon y el Lago Powell (o Lake Powell). El aire estaba caliente, el río de color verde y de agua fría. Tomamos algunas fotos y continuamos nuestro camino. Se sintió eterno, el paisaje era el mismo y así fue por al menos tres horas. Desierto. Ni un alma. En algún punto tuvimos miedo de que la gasolina se acabara y nos quedáramos atrapados en medio de la nada, sin comida de reserva ni agua fría.
Al final todo estuvo bien, llegamos a una zona comercial en Kayenta, AZ. Lo único que encontramos abierto fue Wendy’s porque al parecer había un toque de queda que iniciaba a las 8, no teníamos ni idea.
No estructuramos muy bien nuestro plan para el camping, así que mientras comíamos nuestra hamburguesa, busqué en internet zonas designadas para dicha actividad cerca al lugar en el que estábamos estacionados. Encontré uno muy cerca y según el sitio web estaba abierto. No fue así.
Al llegar allí, el único movimiento que encontramos fue el de una bandera de Estados Unidos que no paraba de volar con el viento. Cada vez que golpeaba con el metal que la sostenía me ponía más nerviosa. Sí, en ese momento ya no me sentía tan aventurera. La tienda de souvenirs y el punto de información del lugar estaban cerrados, las luces apagadas. Debían ser las 7:30 pm, pero aún podíamos ver el sol. Lo único en lo que podía pensar es en que los animales salvajes podrían estar cerca, pues es una zona que, supongo por el Coronavirus, no había sido visitada en un largo tiempo. “¿Será que sí?” Nos preguntábamos si era prudente o más bien seguro quedarnos a dormir en un lugar que, aunque cerrado, estaba al aire libre. Lo dudamos mucho y mientras decidíamos, hicimos de la arena nuestro baño, no teníamos más opciones en ese momento. Listo, vamos a quedarnos, nada malo puede pasar. El carro se parqueó justo al lado del punto de información en donde pudiera ser visto por la cámara de seguridad en caso de que alguien decidiera acercarse a él para cometer una fechoría.
Sacamos del baúl dos carpas, cuatro sacos de dormir, algunas cobijas y nuestros objetos personales. Nos quedamos cerca del parqueadero y empezamos a organizar lo que sería nuestra cama por una noche. Todo estaba preparado y de un momento a otro escuchamos un motor ruidoso que se acercaba y justo se detuvo en el parqueadero. No sé por qué mis dos amigos hombres creyeron que subir rápidamente a ver qué pasaba fue la mejor idea. Mi amiga y yo, con los pelos de punta, nos quedamos. Pasaba el tiempo y el motor no se detenía, mis piernas empezaron a temblar. No escuchábamos nada. Ella quería subir, pero yo sólo pensé en las películas de acción y sentí que lo más inteligente que podíamos hacer era quedarnos en silencio para que nadie se diera cuenta de que estábamos allí. Seguíamos esperando y tratamos de acercarnos para ver si podíamos escuchar a nuestros amigos; detrás del ruido del motor escuché una risa. Se detuvo, hubo silencio y alcancé a oír unas voces, todo parecía estar bien. No sé por qué, pero en mi mente sólo pude imaginar una camioneta con platón (pickup) de color rojo con luces amarillas, quién sabe si se acerca a la realidad. Quién sabe si él o los tipos tenían armas, si eran locales o turistas como nosotros. Debieron pasar máximo 7 u 8 minutos, pero fue eterno y escalofriante. Cuando nuestros amigos bajaron, pude notar que uno de ellos estaba asustado y el otro molesto. Nos contaron que se encontraron con un hombre (al parecer perteneciente a una comunidad indígena) muy extraño. Pero antes de verlo, se encondieron y agarraron una roca, en caso de que tuvieran que defenderse. El sujeto sólo habló de temas al azar: su profesión, política y los peligros a los que podríamos estar expuestos en la zona: coyotes, osos, serpientes… ¿Así quién no se espanta? Además, ¿por qué tuvo que detenerse justo ahí, a 19 millas de la carretera principal? Tres contra uno, decidimos irnos, estábamos asustados. El amigo que no estuvo de acuerdo usó toda su ira para desarmar lo que había organizado minutos atrás. No nos importó.

Qué difícil fue encontrar un hotel abierto en la solitaria Kayenta a las 11 de la noche. Cuando por fin encontramos uno, pude sentirme a salvo. Los nervios no se querían ir. Me quité la ropa, encendí el televisor, salté a la cama y hablé con mis amigos de la loca situación que habíamos vivido, de las dudas que teníamos, de los pensamientos que cruzaron por nuestra mente. Si nos hubiésemos quedado puede que todo estuviera bien también, pero decidimos creer que fue una señal que nos indicó que volver era lo más inteligente.

Salimos del hotel a la mañana siguiente y nos dirigimos a un lugar muy famoso en Page, Arizona llamado Horseshoe Bend: es una roca gigante en donde a su alrededor cruza el río Colorado y la forma que deja ver desde las alturas es como la de una herradura de caballo. Fue más bonito que en las fotos y más caliente que el infierno, como dirían por ahí. Tal vez sea la única que piensa en las peores situaciones cuando se está frente a un acantilado, pero nos quedamos el tiempo suficiente para pensar en qué pasaría si alguien se cayera (moriría, probablemente), además de tomar la foto merecedora de un lugar en la red social de cada uno. Como en ese día ya no habría tiempo suficiente para visitar el Gran Cañón, decidimos viajar directamente a Las Vegas, lo que serían 4 horas y 30 minutos más de camino.
Lo que sentí (y creo estarán de acuerdo también mis compañeros de aventura) al ver por primera vez los altos edificios de la zona más famosa de la ciudad es inexplicable: lo que vimos algún día en películas se hizo realidad y estaba justo frente a nosotros. Minutos antes de llegar hicimos una prueba para ver qué canción marcaría nuestra primera vez en la ‘ciudad del pecado’. Elegimos Gangsta’s Paradise de Coolio (ft. L.V.).

Qué felices estábamos al llegar a nuestra habitación. El hotel no era el más lujoso de todos, pero con nuestro salario de Au Pair sentimos que así era y sí que lo merecíamos. Justo frente a nuestra ventana se encontraba el Caesar’s Palace, a la izquierda The Bellagio y a la derecha podíamos ver The Mirage. Como era una noche especial, sacamos de la maleta uno de los atuendos que habíamos empacado para la ocasión y salimos a explorar. Fue sorprenderte ver que, aún en tiempos de pandemia, las calles estaban llenas, como si nada pasara. Claro, el panorama era diferente porque todos (o casi todos) llevaban su máscara puesta: mujeres de pestañas falsas, cabello largo y faldas cortas, un hombre con cubre pezones de lentejuelas rojas, granizados con alcohol en envases de 40 centímetros, disfraces de superhéroes y plumas. Vimos el famoso MGM Grand, New York New York, escaleras eléctricas en los andenes, luces incandescentes que aún siendo de noche te hacían pensar en usar gafas de sol… Esa noche fue mi primera vez en Panda Express y la galleta de la fortuna me dijo que tendría un trabajo con un buen salario, le voy a creer.
Volvimos pronto al hotel, pues nuestro siguiente día empezaría muy temprano.

Para visitar el Gran Cañón generalmente se tienen tres opciones: ir hacia un lugar llamado South Rim (más famoso), North Rim (menos accesible) o Grand Canyon West (privado o parte de la nación Navajo). Cada uno tiene su encanto y el último cuenta con una atracción que parece un puente de cristal (skywalk), así que fuimos allí.
En la entrada te cobran por visitar dos miradores importantes (Guano y Águila) y sentir el Gran Cañón bajo un cristal es adicional. Vimos entonces dos rocas gigantes que se unen y dejan ver la silueta de un ave y nos dirigimos a la siguiente atracción. Al principio sentimos que no había valido la pena por la cantidad de dinero que habíamos pagado y por el tamaño de la estructura, pero ya estaba hecho. Un poco decepcionados caminamos hacia Guano y todavía no creo lo que mis ojos vieron: seguía siendo el mismo cañón, pero este ángulo dejaba ver perfectamente el río Colorado, oscuro e imponente, ¡parecía una pintura!

Nos faltaba algo más: visitar el famoso aviso que dice “Bienvenido al fabuloso Las Vegas”. Está en un separador de dos calles sobre un césped sintético verde y para tomarse la foto hay que hacer fila, todos muy ordenados. Al final volvimos al hotel muy contentos y ansiosos por nuestra segunda y última noche en Las Vegas. De nuevo, sacamos un atuendo especial de la maleta y salimos a explorar un poco más. Compramos una bebida alcohólica en una presentación extraña: un vaso de plástico de unos 35cm de largo que era casi imposible de consumir porque el tapabocas siempre lo llevábamos puesto. Visitamos The Venetian y su famoso cielo azul con nubes.
Cuando fue tiempo de conducir a Freemont Street, ya habíamos terminado nuestra primera bebida y para aclarar, nuestro conductor estaba en sus cinco sentidos.
Parece que a esta calle de 1,3 km no le llegó la noticia de que nos encontrábamos en medio de una pandemia. Sí, entiendo, es irónico decirlo porque estuve ahí... Todo estaba lleno y aunque los casinos y algunos oficiales de la policía trataban de recordar a los transeúntes la medida de distanciamiento social, cumplirla era casi imposible. No duramos más de 30min caminando, nos sentíamos demasiado incómodos y decidimos volver al hotel.
De la mini nevera de la habitación saqué mi comida china del día anterior y recuperamos energía para salir de nuevo.
Caminamos, caminamos y caminamos.
Esa noche finalicé tres bebidas y de vuelta al hotel no paraba de contarle a mi amiga lo triste que me pone lo injusta que es la vida con algunos y cómo ver directamente a los ojos de aquellos me hace querer llorar. Al parecer el alcohol me hace más sensible de lo que ya soy.
Quería ver un poco más del Caesar’s Palace porque aparece en la película “¿Qué pasó ayer?” (en español) y a mi hermano le gusta. Vi en la entrada la escultura de David con un fondo dorado. Volvimos a dormir y recuerdo que con los ojos entre abiertos vi a mis dos amigos hombres con una risa sospechosa y pícara, vinieron a decirnos que habían ganado 300 dólares en el casino. La versión real es que perdieron 25 dólares en pocos minutos, ¡ja, ja!

Nuestro último destino en Las Vegas fue un lugar que se llama Pawn Shop o tienda de empeños y es famoso precisamente porque aparece en la serie de History Channel, “El precio de la historia”; según Álvaro, “Empeños a lo bestia” … España y sus nombres extraños.
Ya no teníamos más tiempo para vacaciones, era el fin. Pero como nuestra ruta de vuelta a casa era de casi 20hrs, decidimos hacer unas paradas en el camino: Bryce Canyon y Zion.

El parque nacional de Zion nos compartió una carretera angosta con montañas de rocas y ondas, árboles verdes, túneles muy largos y cabras que escalan. Bryce no fue mi favorito tal vez porque estaba cansada, con frío y sin tanta paciencia ya. Sin embargo, cuando miro las fotos, la forma de sus rocas parece de una película de fantasía: altas torres puntiagudas, beige, naranja, café. Pensamos que si resbalábamos al vacío podríamos sobrevivir, al menos no era tan profundo.
Recuerdo en el camino un arcoíris de despedida. Y así, nuestras últimas horas juntos las vivimos en el carro.

Gracias Jocelyn, Álvaro y Bárbara por una experiencia para no olvidar. Gracias por ser un buen equipo. Gracias por el rol de fotógrafos, conductores, dj y amigos.

Nos veremos pronto.

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