El salto al vacío que me llevó a las rocas

Cuando mi amiga me preguntó acerca de mis expectativas para el resto del 2020 sin duda le dije: “Nada, ninguna, cero” pues este año ha sido tan extraño que lo di casi por terminado.
Algunos días después, un viernes cualquiera, mi amigo de España me escribió un mensaje invitándome a un road trip o viaje por carretera por Utah, Arizona y Nevada y como era tan pronto (una semana después), sin siquiera preguntarle a mi host family, le dije que mi respuesta casi segura era un no; sólo bastó con contarles la idea y sin dudarlo mucho, me dijeron que lo podríamos hacer. Tomé entonces en cuenta los consejos de mi familia, mi hermano y creé un archivo en Google Drive en donde escribí toda la información de los destinos que íbamos a visitar: sitios web, restricciones por COVID -19, clima, recomendaciones y al final lo compartí con mis compañeros de viaje. Tenía miedo, pero también estaba contenta de poder tomar un descanso del trabajo y en una semana, emparejé camisetas y shorts para 7 días, empaqué mi cobija amarilla que viaja a todos lados y otras cosas importantes de cuidado personal. Además, en nuestro itinerario de la semana habíamos elegido un día para acampar, así que puse en mi maleta una cobija extra, ropa para el frío y repelente de insectos.

Al principio, mis papás no se emocionaron tanto con la idea, pues las noticias siempre muestran el alto número de contagios en Estados Unidos y realmente no entendían por qué había decidido viajar ahora, justo en tiempo de pandemia. La único que pude decirles fue: “A este tipo de oportunidades no puedo decir que no. ¿Qué tal no se presente un viaje así en el futuro? Y por pensar sólo en el futuro, tal vez me pierda las oportunidades que tengo ahora. Además, nuestro viaje incluye en su mayoría parques naturales, vamos a tener mucho cuidado”. Y poco a poco, se sintieron más tranquilos.

Llegó el lunes y me desperté temprano para asegurarme de que tenía todo lo que necesitaba. Cerré la maleta y ansiosa subí a desayunar cereal de chocolate con leche de soya, no sentía hambre. Mis amigos pasaron por mí a las 10 de la mañana. Antes de dejar la casa, abracé a mis niños que siempre se ponen un poco más contentos cuando me despido que cuando los saludo de primeras en la mañana y Christine, mi host mom, me acompañó a la puerta, me preguntó si tenía mi teléfono, me deseó buen viaje y me dio un abrazo.
Listo, se sentía bien saber que no iba a trabajar por algunos días. Éramos ya tres en el carro, sólo faltaba un compañero más y una parada en el supermercado.

Nuestro primer destino fue Salt Lake City, Utah y desde Portland, nos esperaban casi 12 horas de camino sin tomar en cuenta las paradas. Fue un día largo pero emocionante y como todos teníamos la energía del primer día, cantamos y escuchamos canciones en español, inglés, francés y portugués. Lo único que comimos ese día fue Mc Donald’s, mandarinas y barras de granola. Al llegar a nuestro primer destino sugerí visitar uno de los lugares más conocidos en la ciudad: Temple Square y cerca de él, State Capitol. La plaza en donde se encuentran las iglesias estaba cerrada al parecer por construcción, así que sólo pudimos verlas por fuera. Mis compañeros de viaje europeos sólo podían compararlas con Notre Dame y La Sagrada Familia en España y claro, para ellos, lo que teníamos en frente no era nada impresionante. Era medianoche y estaba haciendo calor. El centro de la ciudad era solitario y las únicas personas que vimos fueron algunos adolescentes en patinetas eléctricas y policías haciendo guardia. Al finalizar, viajamos hacia el Airbnb que era pequeño y oscuro pero lo suficientemente cómodo para la noche.

 

Al siguiente día, martes, debíamos dirigirnos a nuestro segundo destino: el Parque Nacional de los Arcos (Arches National Park). Nos despertamos temprano, buscamos un restaurante que sirviera huevos para desayunar, una tienda de souvenirs y tomamos la carretera de nuevo. Tres horas y media después llegamos a Moab, una ciudad pequeña y muy bonita, con un calor asfixiante (40°C). La recuerdo de color café/naranja y azul; el primero por las montañas y el segundo por el cielo sin nubes. Al ingresar al hotel nos refrescamos rápidamente y salimos hacia el parque, realmente no sabía que iba a encontrarme con uno de los paisajes más bonitos que he visto en mi vida. Al cruzar el anuncio que nos indicaba que estábamos ingresando al parque nacional, mis compañeros y yo con el teléfono en la mano no parábamos de decir “wow”. El color de las rocas contrastaba perfectamente con el del cielo y es algo a lo que difícilmente se le hace justicia con la cámara del teléfono. Es una zona que se visita con un carro y a medida que se avanza, se tiene la oportunidad de realizar paradas en diferentes miradores. La primera nos encantó y nos tomamos fotos por turnos, tratando de buscar la mejor luz y ángulo para cada uno. Fue una visita rápida porque veníamos a buscar los arcos y esos no estaban ahí. Volvimos al carro y seguimos. Cuando uno busca fotos de Arches en internet, lo que más ve es una que muestra el Delicate Arche o Arco Delicado y cuando vimos una flecha que lo señalaba a la derecha, giramos. Lo que encontramos sí se parecía a las fotos, pero en realidad se llamaban ventanas o windows. Nos desilusionamos un poco cuando vimos que un grupo grande de adolescentes con faldas largas estaba ocupando el espacio para la foto perfecta. Mientras esperábamos pacientemente con el tapabocas puesto, probamos algunas poses e ideas para cuando la ventana estuviera completamente vacía. Cuando se presentó nuestra oportunidad, fuimos muy rápidos y cada uno tuvo su turno para intentar capturar la memoria tal como la tenía en su mente. Los resultados fueron satisfactorios. Debían ser las ocho de la noche ya y el atardecer ocurría hacia las 8:45, decidimos esperar.
Caminamos unos metros más hacia otras ventanas y allí nos acomodamos en el mejor lugar para presenciar la puesta de sol. Mi compañero y su guitarra nos compartieron algunas canciones en inglés y francés, atrayendo la atención de otros visitantes y entre ellos, dos mujeres que parecían encantadas con su presentación. Al volver al parqueadero, nos preguntaron si queríamos ver las estrellas y aunque estábamos muriendo de hambre, dijimos que sí. Fuimos juntos (pero manteniendo nuestra distancia) y nos sentamos bajo un arco que parecía un escenario de teatro. Casi no se veía nada, sólo la silueta de la parte más alta de la forma y el cielo oscuro que se hacía más claro a medida que se bajaba la mirada. Escuchamos grillos escandalosos, algunas historias de las mujeres y ellas unas de nosotros. Fue corta y extraña pero tranquilizante la experiencia y ahora que la recuerdo, me hace sentir en calma. Con poca energía ya, lo único que queríamos hacer era comer. Pero cuando llegamos al primer mirador que nos sorprendió horas antes, nos bajamos 3 y nos quedamos algunos minutos mirando al cielo. La zona no tenía ni una luz artificial, el lugar era oscuro y perfecto para lo que estábamos haciendo. Sin palabras. No encontramos el Arco Delicado, pero estábamos más que contentos. Nuestra cena fue mexicana a las 2 de la mañana.

*Agradecimientos especiales a Álvaro por la foto

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