A 6516 km de mi corazón

Siempre debatiendo sobre la vida aquí y la vida allá, pero ¿qué es la vida aquí y allá?

La vida aquí es poder caminar, correr, salir y pasear tranquila, sin miedo, con mi teléfono en el bolsillo, nada escondido. Es usar la ropa más colorida, el cabello más despeinado y cantar, tararear o silbar la canción favorita en la calle sin pensar que al otro tal vez le parece loco. Aquí la vida no se detiene (bueno, tal vez la nieve inusual provoque algunos sustos); si llueve, se usan botas de lluvia y lo más común: chaquetas Columbia. Se pasea al perro, se siguen preparando los atletas, las bicicletas siguen y siguen. Si hace sol, ¡mucho mejor! De los 145 días fuera no recuerdo ni uno en donde un extraño me haya silbado en la calle o gritado en el bus. No recuerdo ni sólo uno en donde me haya molestado por lo mal que (no) está el transporte público y hasta se puede ver a tu conductor a la cara, ¡que increíble! Los carros se detienen para que pueda pasar la calle, los extraños en las tiendas me saludan, el 'vecino' que nunca había visto antes me da los buenos días pero, aun así, hay algo que no cambia ni por aquí ni por allá y parece que existe en todo el mundo: chiflados que nunca bajan los brazos y no usan desodorante.

La vida, las cosas pequeñas y las necesidades básicas parecen estar cubiertas.

Pero allá... aunque oculte sus secretos y desconozca cosas de ella, la voy a llamar mi ciudad. No es perfecta ni en un sólo rincón, tiene buses llenos de usuarios estresados y molestos con la vida a casi toda hora. Ni de chiste se saca el celular en el centro, ni en la noche y tampoco es la mejor idea usar ropa corta o diferente afuera porque, ¿qué es eso? ¿qué van a pensar?

¿Y el salario de todo el mes? Mmm, parece que alcanza para poco.

Pero, ¿qué hay allá que no hay acá? Mi corazón.

En mi ciudad me enamoré dos (¿o cien?) veces y vivo en dos mundos: la casa de la abuela en la mitad de edificios y la casa de mis papás en la cima de la loma y si me preguntan por el mejor lugar del mundo ahora, mi primera casa es sin duda la respuesta.

Quien conoce la casa de la abuela sabe que de lujo se tiene 0; tenemos paredes y techos que fácilmente pueden ser destruidos, pisos de diferentes texturas y baldosas en cada metro de ella lo que la hace vulnerable a las críticas. Aun así, es un lugar exclusivo e irremplazable.

De la casa de la abuela podemos caminar a las tiendas, al parque, a la terminal de transporte, al centro comercial y somos afortunados de encontrarnos cerca al centro de todo. Allí durante algunos años vivimos todos: mis abuelos, tíos, primos, hermano y papás y aunque parezca un montón, sólo éramos 11; mi familia era y es mi equipo.

No puedo olvidar los atardeceres... con sólo salir a la puerta se podía sentir la locura de la hora pico en la avenida principal y qué afortunados somos -o más bien éramos- de no tener que vivirlo tan a menudo.

En la casa de la abuela siempre hay alguien esperando, siempre hay tinto caliente o algo que ofrecer y siempre hay alguien que apaga las luces antes de dormir.

En mi segunda casa tengo también algo muy especial: las montañas y las luces. Hace algún poco tiempo, antes de salir al trabajo y a las 6 de la mañana, justo después de levantarme, abría la ventana de la sala aunque estuviera congelado para poder ver qué sorpresa tenían las montañas ese día, pues siempre tenían un color diferente, nubes o no. En las noches, sólo bastaba abrir la ventana de nuevo para poder ver las luces y sentirse tranquilo.

A pesar de la magia que encontraba en mis mundos, Bogotá me hacía sentir extraña, como si no perteneciera en un 100% y es por eso que, 4 años después de mi graduación de colegio, salí...

Antes de llegar aquí conocí diferentes caminos: clases, preparación para la universidad, exámenes de admisión, trabajos familiares y trabajos 'atemorizantes' que, aunque no fueron mi destino final, me han ayudado a conocer y conocerme.

Decidí salir porque sabía, estaba segura y lo confirmo ahora: "There is some much more out there", como una frase de la película animada de Tarzán.

Han pasado exactamente 6 meses desde que me despedí de mi familia en el aeropuerto y aunque extraño la vida juntos, quedarme no me hubiera permitido conocer 4 ciudades nuevas y una vida diferente.

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